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cantaba el viento en los talas,
y acompasaban el canto
los boyeros con sus flautas.
"Irritos, nulos, disueltos",
repetían las calandrias
mientras colgaban caireles
de música entre las ramas.
Y el clarín de los horneros
campo adentro repicaba,
sembrando la buena nueva
entre un júbilo de alas.
Y aunque era invierno en el tiempo,
hasta grillos y chicharras
desherrumbraban sus élitros
para unirse a la cantata.
Estaba de fiesta el campo
y el monte lo acompañaba
porque era fecha de gloria
para la tierra "orientala".
Y el mismo cielo, allá arriba,
alternaba nubes blancas
con su azul, como ofreciendo
para la bandera franjas.
Cuentan que aquel veinticinco
fue de punta a punta un alba,
pues hasta la tardecita
parecía una madrugada.
Todo en él era comienzo,
todo en él era esperanza,
y hasta el sol se detenía
para ver nacer la Patria.
"Irritos, nulos, disueltos"
los actos que subyugaban,
el viejo afán artiguista
en fruto al fin se trocaba.
Y por eso "írritos, nulos,
disueltos", todos cantaban,
hombre y ave, insecto y árbol,
flor y espina, viento y agua.
Serafín J García
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